El graffiti, la animación y yo: de dónde viene mi forma de tatuar
La respuesta honesta es que no lo aprendí tatuando. Lo aprendí antes. Mucho antes.
Todo empezó en una pared
No recuerdo un momento concreto en el que decidí que quería dedicarme al arte. Simplemente siempre estuve haciéndolo. De pequeña ya estaba dibujando personajes que no existían, inventando historias visuales, buscando la forma de que lo que tenía en la cabeza ocupara espacio en el mundo real.
El graffiti llegó pronto. Y cuando llegó, cambió algo fundamental en cómo entiendo el diseño. Pintar en la calle te enseña cosas que ninguna academia te da: trabajar a escala real, leer el espacio antes de marcarlo, entender cómo la luz cambia tu obra dependiendo de la hora del día. Te enseña también a tomar decisiones rápidas y a no tener miedo del tamaño. En una pared no hay lugar para la timidez.
El muralismo fue el paso siguiente. Pasar del graffiti al mural es pasar de la energía bruta a la composición pensada. Un mural tiene que funcionar desde cerca y desde lejos. Tiene que convivir con su entorno sin desaparecer en él. Tiene que contar algo que la gente entienda aunque pase corriendo. Eso te entrena el ojo de una manera que no se puede fingir.
La animación: el otro idioma
En paralelo a todo eso, la animación lleva toda mi vida siendo una obsesión. No solo verla – estudiarla. Entender por qué un personaje se mueve así y no de otra forma, qué hace que una expresión sea creíble, cómo se construye un diseño de personaje que sea reconocible en un solo fotograma.
La animación occidental y la japonesa me han dado cosas distintas. Del anime aprendí la expresividad extrema, la capacidad de meter una historia entera en un primer plano de cara, el uso del color como emoción directa. De la animación occidental aprendí la sólidad del dibujo, la importancia de la línea limpia, la comicidad del gesto.
Cuando estudio un personaje de animación, lo que estoy haciendo en realidad es aprender a condensar: a decir lo máximo con lo mínimo, a que cada trazo justifique su existencia. Eso, transferido al tatuaje, es exactamente lo que busco en cada diseño.
Lo que pasa cuando todo eso aterriza en la piel
Cuando finalmente me puse frente a una máquina de tatuar, no empecé de cero. Llevaba años de educación visual encima que no sabía que iba a necesitar exactamente para esto.
El graffiti me había enseñado a pensar en volumen y en espacio. El muralismo me había enseñado a componer para que algo funcione desde distintas distancias y en distintas condiciones de luz. La animación me había enseñado a hacer que algo inerte parezca vivo.
Un tatuaje necesita las tres cosas al mismo tiempo.
Necesita entender el cuerpo como espacio tridimensional, no como una superficie plana. Necesita funcionar bien tanto en detalle como en conjunto. Y necesita tener vida propia, esa sensación de que el personaje o el elemento podría moverse si le da la gana.
No sé si podría haber llegado a eso solo a través del tatuaje. Creo que no. Creo que lo que me hace tatuar como tatúo es precisamente que vengo de otros lugares.
Por qué me especialicé en color
El color siempre fue mi lenguaje natural. En el graffiti, el color es todo: es lo primero que ves, lo que te detiene, lo que hace que te acerques. En la animación, el color es emoción codificada: el rojo es urgencia, el azul es melancolía, el amarillo es energía. No son reglas fijas, pero son conversaciones que el color tiene con el cerebro sin que nadie lo decida conscientemente.
Cuando tatúo a color, estoy teniendo esa misma conversación. Pienso en cómo los colores van a interactuar entre sí dentro de la pieza, cómo van a relacionarse con el tono de piel de la persona, cómo van a evolucionar con el tiempo. El color en el tatuaje es vivo: envejece, cambia, se asienta. Eso también lo aprendí del graffiti, donde ves cómo una pared pintada evoluciona con los años si la vas siguiendo.
El Cartoon Neotradicional: donde todo convive
Hay un estilo en el que siento que todas mis influencias conviven de la forma más natural. Lo llamo Cartoon Neotradicional, y es básicamente la fusión de la estética de la animación con la solidez y la claridad del tatuaje tradicional.
Las líneas son gruesas y limpias como en el tradicional, porque eso es lo que da durabilidad y legibilidad. Pero los personajes, las composiciones y el color vienen directamente de la animación: expresivos, dinámicos, llenos de energía. Es un estilo que cuando le explico a alguien dónde nació, de repente todo tiene sentido.
No podría hacer este estilo si no hubiera pasado por el graffiti. No podría hacerlo si no hubiera pasado años estudiando animación. Es literalmente la suma de todo lo anterior.
Lo que esto significa si me estás considerando como tatuadora
Cuando trabajas conmigo, no trabajas con alguien que domina un catálogo de diseños. Trabajas con alguien que lleva toda la vida entrenando el ojo y la mano en disciplinas que no son solo el tatuaje.
Eso tiene una consecuencia práctica muy concreta: cuando me traes una idea, no la proceso como una referencia técnica que hay que ejecutar. La proceso como una historia visual que hay que contar. Pienso en composición, en movimiento, en cómo va a interactuar con tu cuerpo, en qué va a transmitir desde el primer vistazo.
Si eso es lo que buscas, creo que encajamos bien.
Cuéntame tu idea. Veamos qué podemos crear juntas.
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