Cuando el cliente da carta blanca: cómo trabajo yo los diseños libres
Hay dos tipos de encargos que me llegan. El primero es el que viene con referencia, zona, tamaño y a veces hasta el color exacto del fondo. Todo definido. Mi trabajo es interpretar eso y llevarlo a la piel de la mejor forma posible.
El segundo tipo empieza con una frase que me pone los pelos de punta de la mejor manera posible: «confío en ti, haz lo que quieras».
Carta blanca total. Y aunque pueda parecer lo más fácil del mundo —sin límites, sin referencias que cumplir, sin cliente esperando algo concreto— es en realidad uno de los encargos que más me exige. Porque cuando no hay ninguna restricción, la única persona responsable del resultado soy yo.
Por qué la carta blanca no es «hacer cualquier cosa»
El primer error que podría cometer con un encargo así es interpretarlo literalmente: que el cliente no tiene preferencias y que por tanto cualquier cosa vale. Eso no es verdad nunca.
Todo el mundo tiene un gusto aunque no sepa articularlo. Hay colores que les gustan más que otros, referencias visuales que les han llamado la atención en algún momento, una energía general que quieren en la pieza aunque no sepan describirla con palabras. Mi trabajo cuando alguien me da carta blanca es sacar todo eso a la superficie antes de empezar a diseñar.
Así que el primer paso no es abrir el cuaderno y ponerse a dibujar. Es hacer preguntas. Muchas preguntas. ¿Qué música escuchas? ¿Qué películas o series te obsesionan? ¿Hay algún artista, ilustrador o animador cuyo trabajo te ponga? ¿Hay colores que odias? ¿Alguna vez has visto algo —en cualquier contexto— y has pensado «quiero eso en mi piel»?
Con esas respuestas ya tengo un mapa. Impreciso, con muchos espacios en blanco, pero suficiente para orientar una dirección.
Dónde vive mi zona de confort creativo
Cuando tengo libertad total, hay un territorio al que vuelvo de forma natural: la intersección entre el cartoon, la animación y el color vivo. Es donde me siento más yo, donde el resultado tiene más de mi voz y menos de un encargo genérico.
Eso no significa que todos mis diseños libres sean iguales. Dentro de ese territorio hay una variedad enorme: personajes que tienen algo de anime y algo de animación occidental, composiciones que mezclan elementos que en teoría no deberían ir juntos y que sin embargo funcionan, paletas de color que no son las obvias pero que tienen una coherencia interna muy clara cuando las ves.
Mi formación en animación y concept art aparece especialmente en estos encargos. Cuando no tengo que ajustarme a una referencia, pienso en los diseños como si fueran personajes: tienen una historia, tienen un estado de ánimo, tienen una relación con el espacio que van a ocupar en el cuerpo.
El proceso real: de la conversación al boceto
Después de la conversación inicial viene una fase que me encanta y que nadie ve: el tiempo de investigación y juego. Busco referencias que me llamen en ese momento. Dibujo cosas que no van a ir a ningún sitio pero que me ayudan a calentar la mano y aclarar la dirección. Pruebo combinaciones de colores. Descarto muchas cosas antes de que el cliente vea una sola línea.
Cuando tengo algo que me emociona de verdad —y esa es la barra que me pongo: que me emocione a mí antes de mostrárselo a nadie— lo desarrollo hasta tener un boceto completo. No un esbozo, un boceto. Algo que el cliente pueda ver y entender sin que yo tenga que explicar demasiado.
La presentación del diseño en estos encargos siempre me genera algo de nervios, que es exactamente como tiene que ser. Si no hay un poco de «espero que le guste tanto como a mí», probablemente no he arriesgado lo suficiente.
Qué pasa cuando el diseño no encaja
Pasa. No siempre, pero pasa. La carta blanca tiene ese riesgo: que lo que yo veo como la pieza perfecta para esa persona no coincida con lo que esa persona imaginaba aunque no supiera qué imaginaba.
Cuando eso ocurre, la conversación es diferente a la de un encargo con referencia. No es «esto no es lo que pedí» sino algo más difuso: «no me termina de convencer» o «no sé, le falta algo». Esas conversaciones requieren escucha activa para entender qué dirección ajustar sin perder lo que hacía interesante el diseño original.
Casi siempre hay una solución. Y el proceso de encontrarla suele llevar a un resultado mejor que el inicial.
Si quieres darme carta blanca
Escríbeme y cuéntame solo dos cosas: en qué zona quieres el tatuaje y qué tamaño aproximado tienes en mente. A partir de ahí te hago las preguntas que necesito y me pongo a trabajar.
Es el tipo de encargo que más disfruto. Y los clientes que se atreven a darlo suelen ser los que más contentos salen. Quizás porque cuando alguien confía en ti de esa forma, das lo mejor que tienes.

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